
A la muerte de Milton Friedman, premio Nobel de Economía en 1976, se jerarquizó su nombre, por el honor de haber tenido de explicar comprensiblemente las consecuencias económicas y morales de la libertad.
Carlos Alberto Montaner (El Cato, 28 noviembre 2006) sustentándose en las tesis de Friedman, destaca que cuando una persona puede tomar decisiones sin la coacción del Estado, tanto en su condición de productor como de consumidor, el resultado final de esa elección, trenzada a la suma casi infinita de otras elecciones libremente efectuadas por otros millones de personas, genera unos asombrosos niveles de prosperidad y progreso.
Por la otra punta del fenómeno, cuando una sociedad concentra la facultad de elegir en un grupo de expertos, en comisarios políticos o religiosos guiados por prejuicios morales, o en nobles funcionarios del gobierno facultados para decidir cuál es el bien común, las consecuencias materiales y espirituales de ese restringido modelo de organización social son la pobreza, el desabastecimiento y la creciente apatía de la ciudadanía.
La obra de Friedman, anota Montaner, contribuyó decisivamente a fomentar lo que hoy se conoce como la soberanía del consumidor:
a) Cuando una persona utiliza libremente su dinero y adquiere una camisa, un perfume o hace una donación a la Cruz Roja, está ejerciendo un derecho;
b) Cuando una persona decide contemplar la película zeta, equis, o tres equis, si ésa es su preferencia, de alguna manera está ampliando los márgenes de la libertad y la democracia;
c) Más aún: tal vez la forma más libre de votar es, precisamente, con el dinero, porque la democracia representativa, al fin y al cabo, es una suerte de limitación voluntaria de la facultad de elegir. Consiste en escoger a algunas personas para que tomen las decisiones en nuestro nombre. El mercado, sin embargo, cuando cambiamos dinero por bienes o servicios, es lo más parecido a la democracia directa: uno toma personalmente las decisiones que le atañen. No hay intermediarios.
Montaner anota que, quienes se oponen a la libertad de elección, son los llamados “ingenieros sociales”, los sientistas, los planificadores -como los de SENPLADES- adversarios de los individuos, que intentan quemar un McDonalds porque ellos han decidido que la persona que quiere comerse una hamburguesa es un pobre imbécil al que hay que impedirle por la fuerza que elija libremente cómo saciar su apetito.
“Esos tipos arrogantes, llenos de certezas, convencidos de que ellos y sólo ellos saben los libros que los adultos deben leer, la música que deben escuchar, los espectáculos que deben contemplar o el tipo de sustancia que deben o no fumar, inhalar o deglutir. Y lo asombroso es que esos gendarmes del espíritu humano suponían que Friedman era un conservador de derecha, cuando eran ellos los verdaderos representantes de la caverna ideológica más rancia e intolerante. Friedman era el verdadero revolucionario” concluye Montaner.
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