
El historiador Guillermo Arosemena (Expreso, 4 abril 2010) comenta que en el siglo XVII, el Gobierno de Holanda, preocupado por el control que tenían los portugueses sobre el comercio mundial, tomó la iniciativa de reunir a los exportadores holandeses para que se reorganizaran y fusionaran sus pequeñas empresas en una sola, grande y poderosa, capaz de competir exitosamente con las portuguesas.
Así, destaca Arosemena, nació la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (CHIO), que se convirtió en la más grande del mundo de su época. Ninguna de Portugal o de cualquier otro país, tenía el volumen de venta de CHIO. Ella comercializaba en la mayoría de los mercados asiáticos que ofrecían gran potencial para los europeos. Medidas como la descrita hicieron de Holanda el principal centro financiero del mundo, mayor exportador y el país con la renta por habitante más alta.
Los holandeses sabían que si querían hacerse respetar, si querían ser referente para otros países, debían ser creativos, organizar la economía de manera más eficiente, producir y comerciar mayor cantidad de bienes. En resumen, había que hacer las cosas correctas. Este es el camino seguido por los estados que se hicieron poderosos y es el seguido por las naciones que están saliendo de la pobreza.
De otra parte, y sobre esta materia, Arosemena se refiere al Japón, en donde, al igual que en Holanda, sucedió lo mismo. El emperador de la dinastía Meiji, a partir de 1860 privatizó las empresas públicas y ayudó a crear los “zaibatsus” o grandes conglomerados empresariales como Mitsubishi y Mitsui.
El gobierno de Japón se propuso ser potencia económica mundial y para 1900 se encontraba en sexto lugar, cuando a mitad del siglo XIX había sido pobre y atrasado.
Otros países, como Corea del Sur, también han hecho lo mismo para que existan corporaciones iconos. Así se cuentan a la Samsung, Daewoo, Hyundai,…
Estos ejemplos ilustran cómo los gobiernos visionarios toman acciones y establecen políticas encaminadas a fomentar las actividades económicas competitivas y mejorar el nivel de vida.
En Ecuador, en cambio, sucede todo lo contrario. Para los gobiernos, las empresas grandes son diabólicas, dedicadas a explotar al necesitado; por lo que, no hay que apoyarlas ni fortalecerlas. Esta errada forma de pensar ha contribuido a que las mal llamadas grandes compañías sean pequeñas en nuestra región y diminutas a nivel mundial.
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